Aproveché este fin de semana para hacer algo que quería desde hace tiempo: visitar el Mercat de la Boqueria. Tantas veces paseando por las Ramblas, por sus inmediaciones, escuchando incluso su murmullo cotidiano, el barullo de gente, ese ambiente tan embriagador en todos los sentidos, pero cada vez, por una razón o por otra, pasando de largo. El sábado aprovechamos, y además la excusa nos sirvió para ampliar la visita a otro gran mercado que acaban de inaugurar después de su rehabilitación: el Mercat de Santa Caterina.
Decidimos comenzar por este último. A pesar de que hablamos de un mercado con más de 100 años de antigüedad, la reforma lo ha dejado como nuevo. Ya al acercarnos desde la Catedral, la nueva cubierta llama la atención. Colores vivos y frutales, como los motivos, adornan un tejado ondulado realizado en madera que resulta tan espectacular por fuera como por dentro. Al parecer, en el proyecto inicial estaba prevista la construcción de una marquesina que permitiese ver y visitar la cubierta desde arriba. No entró en el desarrollo final, y es ahora, tras la inaguración, y coincidiendo con ciertos problemillas de goteras, cuando se están planteando de nuevo su instalación. Merecería la pena, porque el enclave donde está situado el mercado no permite disfrutar por completo de la obra arquitectónica. En el interior se ha conservado el espíritu típico del mercado catalán, aunque se nota que todo está muy nuevo y comenzando. Los precios no están mal, pero la variedad de producto, eso sí, todo muy fresco, es la normal. Curiosa la zona donde han dejado a la vista los restos encontrados del antiguo convento de Santa Caterina, sito en el lugar que ocupa el actual mercado.
A continuación fuimos a la Boqueria. Decir que el reflejo de Pavlov se produjo en mí es poco, no podía dejar de oler, mirar y sentir todo lo que había a mi alrededor. Los orígenes de este mercado se pierden atrás en el tiempo, se habla de aproximadamente el año 1217, aunque sin lugar fijo, estableciéndose en su recinto actual en 1840, después de toda una interminable reestructuración de la zona y del propio mercado en sí, que siempre existió en forma de puestos ambulantes. Es un paso típico y casi obligado para los turistas, así que cuando vas te cruzas con multitud de ellos (todos lo somos un poco). Lo peor, que algunos puestos aprovechan esta cuestión para sacar “tajada”, curiosamente, los más cercanos a la entrada desde las Ramblas.
El mercado es grandísimo, con una oferta inacabable. Los precios, buenísimos, sorprendentes para la calidad y frescura de todo. A destacar la carne, el pescado, los embutidos y las frutas y verduras, los reyes del lugar. Pero hay más, puestos especializados en comida oriental, en productos de sudamérica, comida vegetariana, bolets (setas), frutos secos, aceites, vinos… Inacabable y espectacular, al precio perfecto. No en vano famosos cocineros siguen viniendo a la Boqueria para comprar los productos que servirán esa misma noche.
Los mercados forman parte importante de la cultura popular de Barcelona, y por ende, de Catalunya. No sólo estos dos, muchos más. Se puede decir que uno no le ha tomado el pulso a la ciudad hasta que se ha pasado por uno de ellos para hacer la compra, tal y como hacián nuestras madres, nuestras abuelas… Tu bolsillo lo agradecerá, pero sobre todo, tus sentidos y tu inteligencia.








